domingo, 24 de diciembre de 2017

La vida del otro Ramón Sampedro: Juan, el gallego que sobrevive a base de marihuana

 
Hace 27 años se quedó tetrapléjico al golpearse la cabeza contra el suelo de la playa mientras se bañaba entre las rocas. Desde entonces fuma entre cinco y diez porros al día. Dice que la marihuana terapéutica le salva la vida. Los médicos de toda España rebaten su teoría.

Desde la ventana de su habitación, Juan Manuel Rodríguez Gantes congela cada noche su mirada sobre el mar de Ferrol (A Coruña). Lo hace sentado desde su silla de ruedas hidráulica, mientras se fuma el último porro del día. De ese modo, se acerca hasta la cristalera y se queda en la terraza, junto a sus plantas, observando ese gigante azul, amorfo y a veces arbitrario. El mar: él se lo quitó todo.

Sus colegas le llaman Juanma, tiene 46 años, es tetrapléjico desde hace 27 y se fuma entre 5 y 10 porros cada día. No por vicio, dice. Aparte, los suyos no son unos porros cualquiera. Solo consume, si puede, marihuana terapéutica. Dice que alivia sus dolores crónicos, producto del accidente que le postró para siempre el verano de 1990. Aquel día se fue a bañar, se tiró desde una roca en una playa de A Coruña y se rompió la columna en el choque contra el suelo. Nunca volvió a andar.

La de los 'petas' es su rutina, al menos, desde hace década y media. Más tiempo lleva en el Centro de Atención a Minusválidos Físicos de Ferrol (A Coruña). Concretamente, desde que salió del hospital, meses después del accidente. Tenía 19 años. La habitación 516 lleva su nombre desde entonces.
 
Pósters de Bob Marley en las paredes, pequeños accesorios que evocan la cultura de los rastafaris, un tapiz enorme a modo de cabecero de la cama compuesto de plantas de marihuana... Un collar con la forma de la hoja del cannabis rodeando siempre su cuello. Así es la particular selva verde de Juan.

Hay quien allí le conoce ya como el Ramón Sampedro de la marihuana. Las circunstancias de su accidente, la intención, a veces, de quitarse la vida… Juan come y bebe de una pajita. Apenas mueve los brazos. Él mismo se compara con el tetrapléjico de Porto do Son, quien se dejó la columna en la playa de As Furnas y luchó durante décadas por el reconocimiento legal de la eutanasia. “Como él, he pensado también en dejarlo todo. En acabar con mi vida. Pero a mí la marihuana me está ayudando. Me ayuda de verdad”. Juan atiende a EL ESPAÑOL, entre porro y porro, durante una larga tarde de principios de diciembre.

Cuándo empezó con la marihuana Juanma tenía 19 años cuando le ocurrió lo que le ocurrió. Su familia y él decidieron que debía instalarse en la residencia de Ferrol. “Me comía mucho el coco. Estaba en tratamiento psiquiátrico. Tenía que vivir también con el dolor crónico que me provocaba. Había veces que solo quería morirme. Ese momento fue quizás el peor de mi vida”. Es el más antiguo de todos los que allí residen. Una parte más de ese ecosistema.
 
Su relación con la marihuana terapéutica comenzó hace 15 años. Una alegria a un medicamento le provocó un intenso dolor. Se convirtió en algo crónico. Al poco tiempo de que se le pasase, conoció a una persona, un chaval que la cultivaba. “Cultivaba, pero cultivaba de verdad. Antes del accidente ya fumaba un porrito de vez en cuando, un canuto lúdico, así esporádico. Pero claro, de hachís. Este chaval fue el que hizo que descubriese el uso de la marihuana terapéutica”.
 
El tipo de marihuana que Juan dice necesitar es la índica. Esta variedad tiene más cantidad de Cannabidiol (CBD), el principal componente de la planta de cannabis. Posee, cuenta el protagonista de esta historia, un mayor efecto narcótico o relajante. Lo que se ha conocido siempre como marihuana terapéutica, muy distinta a la variedad sativa, que suele inducir a quien la consume a un estado cercano más acelerado, cercano a la euforia. “La índica es la más difícil de conseguir – asegura-. La gente busca más ese efecto que quieres para irte de marcha. La índica te deja dormido, te relaja. Es más tranquila”.

Un baño en las rocas

“De aquel día no me olvido nunca. Hasta sueño con él”. Hacía mucho calor aquella tarde de verano. Era el 8 de junio de 1990. Dicen en A Coruña que la playa de Lazareto es un arenal maldito, que aparece en libros como un lugar en el que realizar rituales de espiritismo. Hace décadas fue un reducto para enfermos, una leprosería; luego, se convirtió en un bonito y sencillo arenal, un recuncho para unos pocos. Finalmente se eliminó para dar paso a unos astilleros. También allí, durante años, hubo un hospital para niños con tuberculosis. Aquella tarde, como muchas otras, Juan Manuel bajó a la playa a darse un chapuzón. Iba solo.
 
Llevaba toda la tarde echado al sol y se estaba empezando a tostar, a notar esa modorra que suele ocasionar la punzada del sol en el cogote. Así que decidió bañarse. “Cuando fui al agua, me tiré desde una roca. Tampoco era muy elevada, pero debí de tirarme muy empinado. Me di con la cabeza contra el suelo, contra la arena del fondo de la orilla de la playa”.
                                                                 
Se rompió la columna. Durante un buen rato, nadie acudió a socorrerle. Estuvo flotando en el agua, bocabajo, durante unos minutos que, de no ser porque estaba inconsciente, como muerto, le habrían parecido interminables. Quiso la casualidad que una joven que estaba también en la playa advirtiese lo que acababa de pasar. Era enfermera. Le preguntó si estaba bien. Juan no respondía. Inmediatamente, la joven supuso que estaba a punto de ahogarse. “Casi muero asfixiado después de darme el golpe”, recuerda.
 
La joven se lo llevó a la arena. La reacción terminó por llegar y Juan comenzó a expulsar agua por la boca. El resto de su cuerpo estaba apagado, como desconectado de su cabeza. Sus piernas no respondían. Tampoco sus brazos. “No me podía mover. Pensé que era por el shock. No sabía que era una lesión medular. Pensé que era algo momentáneo. Que iba a estar luego bien”.
 
Lo llevaron al hospital, donde estuvo ingresado en la planta de medulares durante meses. “Al principio piensas que es un golpe nada más. Cuando llevaba 20 días o un mes en el hospital, empecé a darme cuenta de que la gente por los pasillos de la planta solo andaba en silla de ruedas”. Ató cabos. Estoy aquí. La gente va en silla. No me puedo mover, pensaba. Insistió a los enfermeros y a los médicos. “Días después acabaron contándomelo. No iba a volver a andar". Tenía la C5 destrozada. Se había quedado tetrapléjico.
 
Su rutina es un calvario desde entonces. Los primeros años, en los que tuvo que asumir la ya irrevocable situación. Ahora lo lleva mejor. “Me orino por encima. No tengo control en los esfínteres. Pronto comencé a notar dolor a nivel abdominal, en la barriga, en el costado. Eso tiene que ver con las conexiones nerviosas. Es un dolor crónico que tengo desde ese día”.

Su vida hasta quedarse paralítico

Juan, en la terraza del centro, con algunos años menos y rodeado de las plantas que cultivaba. Cedida                            

“Llevo tantos años en Ferrol que soy más ferrolano que coruñés”. Juan está tumbado en la cama a lo largo de toda la entrevista. Hoy no están sus amigos, ni tampoco su madre ni su hermano. “Vienen a comer a menudo. Los tengo siempre muy pendientes”. Viven cerca, a apenas 50 kilómetros, en la otra gran ciudad de la provincia, A Coruña. La tarde de hoy no difiere demasiado de las de otros días. Juan pasa la tarde tranquilo viendo algún documental en la televisión. Más tarde algún sanitario del centro le sacará a la calle para que respire el mar.
 
Cuando se quedó tetrapléjico, su familia no pudo hacerse cargo de él. Su madre era una mujer divorciada, con tres hijos a su cargo. Escogieron la residencia de Ferrol.
 
La infancia de Juanma no fue una infancia sencilla. Tampoco su juventud, la etapa conflictiva de un joven sin estudios que vivía a salto de mata entre los trapicheos, el furtivismo y alguna que otra pelea callejera. Un pícaro más en un barrio difícil. “Con 16-17 años era un poco delincuente. El nuestro era un barrio marginal, con mucho paro. Si en casa le sumas que teníamos muchos problemas familiares...”, relata a EL ESPAÑOL. “Estuve en la cárcel por un robo. Era el típico delincuentillo, un malote juvenil: la droga, los robos… Esas cosas. Estuve entrando y saliendo de allí hasta los 18 años, meses antes del accidente. Pero siempre por cosas así, eh. Cosas pequeñas”.
 
Ese barrio es el barrio de Katanga, un suburbio fronterizo de A Coruña donde se levantó una ingente cantidad de viviendas precarias a mediados de los años 60. Katanga es también la provincia más al sur del antiguo Zaire. En aquellos días había revueltas e insurrecciones en aquel lugar del centro de África. También en A Coruña. Los lugareños relacionaron aquellas revueltas con las peleas callejeras entre distintas bandas en el pequeño barrio gallego. Así se le conoce desde entonces.
 
Juan Manuel nació y creció en ese ambiente. Se metió de todo aquellos años: coca, heroína, pastillas… Su proceso, de algún modo, ha sido el inverso al que se suele imaginar. Ese que, instalado en el imaginario urbano, dice que se empieza por el porro y se acaba en la jeringa. Juan nunca volvió a probar nada desde aquellos años, ya lejanos. Solo la marihuana, para aliviar el dolor.
 
Ese ambiente en el barrio no es lo que más recuerda de una infancia difícil. Su hermana mayor y su abuela fallecieron cuando él tenía 11 años, arrolladas por un tren mientras cruzaban un paso a nivel. Su abuelo casi no lo cuenta.
 
La habitación de Juan está decorada con toda clase de amuletos y pósters que hacen referencia a la marihuana y la cultura rastafari. Cedida

79 porros y 16 gramos

Durante años, Juanma cultivó decenas de plantas. Todas para consumo propio. Hace diez años, comenzaron los problemas. El motivo: la llegada de un nuevo director a su centro. Nada más llegar le advirtió que tenía que deshacerse del tinglado que tenía allí montado.
 
No es legal y no hay una prescripción médica”, le dijo el nuevo gerente del lugar. Juan llegó a tener hasta 15 plantas en su habitación. Las cuidaba con esmero gracias a sus amigos. Con el nuevo jefe tuvo que adaptarse: “No puedo hacer la vista gorda. Tengo unas obligaciones”, aseguró a La Voz de Galicia ese mismo año. Juan tuvo que vender su ingente surtido. Desde entonces tiene tres o cuatro camellos habituales de confianza. A ellos les realiza pedidos grandes para no tener que molestarse hasta meses después.
 
Juan asegura que lo que hace le beneficia enormemente, que sus dolores se calman de ese modo. Sin embargo, la semana pasada, la Organización Médica Colegial (OMC) volvió a recordar que no existe de momento justificación científica para que se valore el uso terapéutico del cannabis. Por tanto, la OMC exige que para poder consumirlo debería haber un respaldo científico sólido y que el producto se sometiese al “control estricto” de la Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios.
 
El debate sobre la marihuana terapéutica es algo que lleva años sobre la mesa. Es algo que ya se está debatiendo en las altas estancias políticas. En abril de este año, la Comisión de Sanidad y Servicios Sociales del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley de Ciudadanos para crear una subcomisión para analizar y valorar la posible regulación del uso terapéutico del cannabis. PSOE, PP y Podemos lo apoyaron.
        
A Juan Manuel los camellos le dan los porros hechos, ya liados. Siempre que puede compra en grandes cantidades, para no tener que llamarlos demasiadas veces a lo largo del año. Los guarda siempre en la habitación. “Voy buscándome la vida para que me los hagan. Algunos de los camellos, cuando me conocen, se quedan pillados, se sorprenden al veme en silla de ruedas buscándome la vida de esa manera”. 
 
Esa costumbre de tener todos los canutos ya liados y guardados en la habitación le trajo problemas este año. A finales de febrero, dos agentes de la Policía Local de Ferrol se presentaron en el centro y se dirigieron a su habitación con la clara intención de registrarla. Encontraron lo que buscaban y le tomaron los datos. Consta en el acta de incautación de la brigada policial ferrolana que le requisaron todo lo que tenía. Total del botín: 79 porros y 16 gramos de marihuana. Todo lo que tenía y que estaba guardado en su mochila.
 
Juan Manuel da una calada al porro y hace una pausa en su relato. No era la primera vez que le ocurría algo así: “Eso eran 200 pavos en porros. 200 putos pavos. Tenía para no sé cuántos meses. Les dije: me estáis quitando mi medicina. Lo que tenían que ir es a por los camellos y la gente que se lucra de esto. No a mí, que esto solo me lo fumo yo. No lo uso como rollo lúdico, ¿entiendes? Es un beneficio terapéutico. Me amenazaron con meterme denuncia por tráfico de drogas si no les decía quién me lo había dado. Luego me dijeron: ¿quién nos dice a nosotros que luego no lo repartes en el centro de Ferrol?”
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Nuestro hombre ya planea el modo de solicitar un nuevo pedido de esas dimensiones. La vida le ha dado, dice con ironía, "algunas hostias". Sin embargo, es relativamente feliz...




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